El agua no me pertenece
ni tampoco el pan
en este espacio de lenguas y corbatas.
Son los muertos
adoquines de vidrio
a contraluz,
vitrales de esta ciudad ausente
entre páramos rojos y cielo azul
sin fin.
No importa lo que esté afuera,
el mundo elige otra mascarada
mientras yo
cuento los días.
Poema